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TWIN PEAKS O EL ETERNO RETORNO DE LOS COJONES

Escrito por albertoasecas 04-07-2017 en Opinión. Comentarios (0)

Y hablando de perder mi tiempo delante de una pantalla...

Nadie podrá acusarme de no ser fan de David Lynch, en trabajos que van desde “Cabeza borradora” hasta “El hombre elefante” pasando por “Una historia corriente” y, mis favoritas: “Terciopelo azul”, “Carretera perdida” y Mulholland drive”; también, en cuanto a televisión se refiere: “Twin Peaks”, la serie original. Lo que no soy es uno de esos fans acérrimos que ejercen el culto a la personalidad, elevan a la categoría de genio al artista y alaban todo lo que trae al mundo. Lynch tiene un toque especial, sin duda, pero, a base de procrear, más a medida que transcurren los años, cualquier padre se arriesga a que le salgan niños tontos. La continuación de “Twin Peaks” supera lo tonto. Al principio no sabía cómo tomármelo: aquello parecía fruto de sumar la rareza del director (no poca precisamente) con lo senil (nació en el 46) y una sobredosis de alucinógenos; sin embargo, tras verlo interpretando a su personaje, me transmitió un estado mental bastante lúcido e incluso jocoso, así que ahora me decanto por la tomadura de pelo. Lo imagino regateando con los productores un sueldo y una libertad para hacer lo que le viniese en gana sin invertir demasiados esfuerzos a cambio de firmar con su nombre la nueva entrega, y confirmo mi impresión transcurridos los siete primeros episodios. Este hombre posee una destreza para inquietar usando los recursos que ofrece el lenguaje audiovisual de la que carecen la mayor parte (por no decir la totalidad) de directores especializados en el género de terror (que siempre me ha atraído), una de las razones por las cuales me gusta tanto, y el regreso de los “Picos Gemelos” contiene algunos momentos interesantes, pero no compensan ni por asomo el resto. Cada capítulo encadena escenas y planos excesivamente largos (ejemplo en el séptimo: un plano fijo en que aparece una barra de bar y por toda acción un tipo barriendo el suelo durante ¡dos minutos con cinco segundos!, de reloj, hasta que suena un teléfono y se produce una conversación que seguramente tampoco guarde relación con nada en los posteriores), como los numeritos musicales al final de los mismos, que sugieren una intención de puro relleno, de montaje orientado cumplir con la duración del formato escogido. De igual modo, las situaciones absurdas se alargan insoportablemente, y se acumulan en una cantidad que descompensa completamente su equilibrio con la lógica, desprovistas además de gracia, aparentando tratarse de chistes que sólo su autor entiende. Se presentan nuevos personajes que únicamente contribuyen a enredar la trama, en lugar de resolverla, y ocasionalmente aparecen algunos de los antiguos que frecuentemente no aportan nada más allá de mostrarte su aspecto actual: envejecido. Tal carácter inconexo y la sensación de que la historia no avanza se convierten en señas de identidad. Ya el segundo me dejó con un sabor de boca amargo, una impresión de nostalgia traicionada, de que ni cerrarán la trama central que cortaron de raíz décadas atrás ni la de los personajes clásicos, colgados en el aire junto a sus espectadores. La frescura y originalidad de entonces se vuelven artificio y dividendos. Se me antoja decadente, tramposa. Me recuerda a “Perdidos”, a colación de las trampas; a “V”, otra serie mítica, hermanada con la de Laura Palmer en su final sin final, interrumpida abruptamente ¿por el bajón de audiencia? Irónicamente, el remake de “V” sufrió idéntica suerte. También han resucitado (desfasada, desastrosamente) “Expediente X”, que, aunque no muy bien, al menos se dignaron a cerrar en su época, después de mucho marearnos. ¿Faltan ideas o talento en un mercado tan competitivo...? Falta respeto hacia los seguidores que respaldan una obra. No me resulta inapropiado rescatar de Nietzche su teoría del “eterno retorno de lo idéntico” para aplicarla al negocio televisivo, según lo manejan determinados individuos.


EMPANTALLADOS

Escrito por albertoasecas 28-06-2017 en Opnión. Comentarios (0)

Hola. Mi nombre es Alberto y soy un adicto... Sírvame esta frase, que la mayor parte de nosotros conocemos a través de películas y teleseries, para comenzar mi suerte de artículo de opinión (una que seguramente a nadie importe), mi paja mental con eyaculación derecha a la Red. Mi adicción no radica en el alcohol (aunque asiduamente me transforme en un borracho de fin de semana) sino en esas películas y series que acabo de mencionar. Critico habitualmente a quienes viven inmersos en las redes sociales, consultando compulsivamente las pantallitas de sus teléfonos móviles, las de sus tabletas, portátiles y ordenadores de sobremesa, pero en verdad yo mismo vivo empantallado: me planto, con demasiada frecuencia y demasiada continuidad, frente a alguna de esas ventanas digitales y absorbo un largometraje tras otro, un primer capítulo, un segundo, un tercero y cuantos sigan hacia el final de la historia narrada, consumiendo aletargadamente mi tiempo, consumiéndome yo, hasta alcanzar un cansancio que rinda mis párpados y dormir, casi agotado para pensar más de la cuenta, en cosas de mayor importancia, como mi futuro, que debería asegurar un trabajo digno y mínimamente estable, una recuperación de derechos alarmantemente mermados por las élites corruptas que nos gobiernan, desarrollar, terminar mis proyectos... A veces sintonizo el cerebro en modo Iker Jiménez y me pregunto por qué permiten que nos comuniquemos gratuitamente mediante la denominada mensajería instantánea y las mentadas redes sociales, preguntándome si las razones, directas o indirectas, inconscientes o deliberadas, van más allá de los beneficios publicitarios y el tráfico de mis datos personales, y es que, cuando sale gratis la aludida comunicación (y siento generalizar), la gente sólo dice gilipolleces, al menos en una proporción exagerada. Cuántas veces, consultando “el muro”, la “página de inicio” o como se quiera llamar del Facebook, habré gastado una cantidad excesiva de minutos saltando de mensaje en mensaje, a cual más intrascendente y prescindible. Banalidades a cascoporro, reportes exhaustivos del discurrir de muchos individuos e individuas desde que se levantan hasta que se acuestan; lo que beben y comen, retratado en alta definición; lo que mean y cagan (seguro que alguno ya habrá subido la foto de un zurullo parido por él, y algún otro le habrá dado al “me gusta”); chistes malos, mal redactados y/o representados en imágenes y precipitados montajes fruto de un conocimiento elemental de Photoshop o Paint, copiados y pegados hasta la saciedad; emoticonos sonrientes, emoticonos flamenca, emoticonos mierda... En una ocasión me tildaron de antisocial (no directamente: me lo chivaron después) por abandonar un grupo de Whatsapp, y ello siendo muy sutil al despedirme, aduciendo que, con tanto mensaje recibido, despertaba con la batería del móvil prácticamente agotada y sin posibilidad para recargarla caso de urgirme marchar fuera. Era cierto, pero también que estaba harto: ¿qué me importa a mí si fulanita siente frío al despertarse a las seis de la madrugada para ir a trabajar y tiene que contárselo a todo el mundo, o si se toma un pincho de pollo con lechuga y un café a mediodía? Llegué al límite cuando ojeé la foto de un mendigo con los pantalones rotos y un testículo colgandero que, sin duda, quien la compartió consideró graciosa; yo no, etiquetadme como amargado. Luego, de existir información importante, se pierde en ese maremágnum y aún pueden echarte en cara su desconocimiento. Porque se exige que participes al mismo nivel, que te mantengas pendiente. Y peor se me antoja Twitter, una reducción al absurdo de la inteligencia humana, mutilada a 140 caracteres, con el simple objeto de aprobar o desaprobar, emitir juicios de valor forzando el ingenio en juegos de palabras ocurrentes, para que otros las califiquen o descalifiquen... Pero, como he señalado, yo no me libro del atontamiento que denuncio y me declaro culpable de él, víctima en inferior medida. Me impresiona, cuando abro una de esas páginas de descargas, el despliegue que se me presenta, la avalancha de producciones, televisivas por ejemplo, gran número de las cuales atesoran una calidad nada desdeñable. Descargo y descargo, y reproduzco, venciéndome la inercia, hundiéndose mi culo en el sofá con una gravedad multiplicada, hipnotizado por ficciones que me distraen de la realidad, paralizado mientras ésta se mueve... Me planteo si el precio que pago se reduce únicamente a unos clics o estoy, por así expresarlo, vendiendo una parte de mi espíritu.

Estos días, concluido un prolongado ciclo de inactividad, de degeneración física, me he incorporado del asiento, me he separado de la pantalla para practicar un poco de deporte y he empezado a cuidar mi alimentación, segregando de ella aquello que sé perjudicial, reduciendo la ingesta diaria, y he advertido un fenómeno interesante: que me apetece menos consumir mis drogas si no van acompañadas del insistente picoteo, si no las riego con una concatenación de cervecitas repuestas periódicamente en su rinconcito de la primera balda de la nevera, alineadas maniáticamente, como soldaditos dispuestos para su sacrificio, que en realidad es mi sacrificio. Los semejantes se atraen: la dejadez invoca a la pasividad; el movimiento, a la actividad. Os animo a apagar la pantalla y mirar con vuestros propios ojos, sin filtro, a los de otros, y romper ese letargo que un puñado de hijos de puta promueven, directa o indirectamente, porque les conviene para asegurar sus privilegios.


SEGUNDA FASE: ASALTO A LAS LIBRERÍAS EN JULIO DE 2017

Escrito por albertoasecas 28-06-2017 en Opinión. Comentarios (0)

Pues eso: tras una decepcionante aventura de autopublicación digital, Ediciones Camelot se ha interesado por el libro y lo lanzará en julio de este año, coincidiendo con la Semana Negra de Gijón, ya a la vuelta de la esquina. Me pregunto qué acogida tendrá, aunque todo parece indicar que superior, incluso muy superior, a la registrada hasta ahora a través de plataformas como Amazon, a pesar de un coste que calculo veinte veces por encima, y es que el formato electrónico aún carece para el gran público del prestigio que, en cambio, sí le otorga al tradicional. En su momento, ni siquiera me tomé la molestia de contactar con editorial alguna, no sólo considerando mi impresión de que las antologías de relatos no venden, sino sopesando cierta idea de libertad inspirada por unos cuantos escritores que obtuvieron éxito poniendo sus obras, al principio exclusivamente, a disposición del lector en la dimensión de los unos y ceros. La repercusión, como digo, resultó minúscula, y sucedió así en parte debido a que subestimé la importancia de elementos como manejarse correcta y fluidamente con las redes sociales, las cuales me producen bastante pereza y hasta un punto de antipatía, que quizás más adelante aclare. Comienzo esta nueva aventura (o esta nueva etapa de la aventura) con la mentada editorial asturiana, sin previos esfuerzos de cortejo para conseguir sus favores (como los de nadie; mis esfuerzos desaguan en mis obras y de mis escasas habilidades para el cortejo mejor no hablamos), cuando nacía en mí una brasa de envidia hacia compañeros cuyo trabajo, sobre papel, empezaban a exhibir los escaparates de las librerías y suscitaba, por palpable, un interés mayor entre sus potenciales lectores, y me pregunto qué acogida le dispensarán a mis descendientes literarios. Abrí este blog únicamente para ello, estableciendo un canal rápido de opinión (a falta de conocer una forma de incorporar algo similar directamente al diseño de mi web), cosa que indico en mi anterior post, primero y último hasta la fecha, y pensé clausurarlo (llevaba tiempo retirado el enlace de www.albertoasecas.com) ante su completo fracaso, un tanto avergonzado frente al hecho de hallarme solo en él, sin otra posibilidad que dirigirme a mí mismo, como quien establece un diálogo con su propia polla y recoge el eco de su voz rebotada, pero he decidido mantenerlo una temporada, planteándome el experimento de opinar yo a su través como un articulista de suplemento dominical, desahogando mis frustraciones y ensayando el arte de la escritura mientras no lo haga mediante la ficción. Tal vez, continuando con los símiles onanistas y en sintonía con el título elegido para esta ópera prima, equivalga a otra mera paja mental, o puede que anime definitivamente a la participación. A gestar arte, del tipo que sea, siempre va ligada una inseguridad que trasciende lo económico («¿pagará mis facturas?, ¿me dejará una actividad alternativa que las pague espacio para seguir produciendo?»), temiendo que a uno lo ignoren, que invertir tanto de uno no sirva para nada, y permanecer en el anonimato, acomplejado por teorías de mala suerte o de no poseer carisma, atracción suficiente. Desde un rincón más optimista de mí, intuyo que en ocasiones basta y sobra con actuar sinceramente, sobre todo partiendo de determinadas posturas... En fin. Probemos.


DIÁLOGOS CON MI POLLA - Colección de Relatos

Escrito por albertoasecas 06-07-2015 en Comentarios. Comentarios (1)

Inauguro aquí y ahora esta página para que sirva de recepción a los comentarios que los lectores de mis textos puedan querer compartir.